Próximamente…

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Próximamente verá la luz un nuevo proyecto: el DIY de Cuéntalo, Savannah:

Recortables y coloreables by CS.

No os lo perdáis!

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Reconócelo…antes de ser madre no te lo creías 

Reconócelo…antes de ser madre no te lo creías 

Reconócelo, no les creíste. 

Cuando oíste que las madres al principio no tenían tiempo ni para ducharse creíste que era mala organización, pues se debería aprovechar cuando el bebé duerme. Y lo mismo pensaste cuando la matrona te dijo que durante tres años no pudo leer una novela tranquilamente.

Cuando te dijeron que ya no volverías a llegar puntual a ninguna cita creíste que era mala organización, que solo bastaría levantarse con tiempo. Y lo mismo pensaste cuando te dijeron que tendrías que maquillarte en el metro camino del trabajo.

Aprovechar cuando el bebé duerme y levantarse antes. Qué receta tan sencilla, ¿por qué las madres no la pondrán en práctica? – pensabas en secreto, mientras acariciabas tu barriga

Reconócelo, tu también pensaste que exageraban, que a ti no te pasaría, que quien es organizada lo es hasta con un bebé recién nacido, que sería más fácil de lo que te decían, que no sería para tanto. 

Reconócelo, ¿a que ahora tienes ganas de cruzarte con alguna embarazada y poner cara de <<ya me lo dirás>>? 

Sobrevivir o educar

Sobrevivir o educar

El primer mes es el más difícil, eso te dicen. Mes de caos, de lágrimas, de miradas de impotencia, mes de inconsciencia, de adivinar el motivo de un lloro y de pelearse con los corchetes del body.

El reloj no existe, las duchas y las comidas se acortan, el ocio desaparece. Todo gira alrededor de ella, de su ritmo incoherente, de su instinto que le reclama mamar, dormir y manchar el pañal sin ningún orden ni planificación. 

No hay lógica, no hay plazos ni tiempos, sólo hay anarquía. Y un par de padres desesperados por aprender a improvisar y hacerlo lo mejor posible. 

Y entonces llegan todos, los entendidos, los que ya pasaron por ello y tienen memoria selectiva y ya han olvidado el caos de esas horas y días. Y te dicen que tienes que empezar ya a educarla, que tienes que hacerle comprender que no puede estar en brazos, que ha de dormirse sola y que no debe mamar entre horas. Y que, por supuesto, debe pasar la noche en la fantástica minicuna que con tanto amor compraste y vestiste. Voces que te recuerdan cada minuto que no lo estás haciendo bien, que no luchas lo suficiente con el bebé, que tu horizonte es oscuro por ceder a los caprichos de la pequeña E.

Y un día por casualidad, en una de las típicas visitas nocturnas a urgencias, una pediatra de guardia se apiada de vosotros,  quizás conmovida por las ojeras y la angustia que desprendéis. Y te dice lo que necesitas oir, la frase a la que te aferrarás, el mantra que repetirás: ésto (la maternidad) va de sobrevivir. 

Porque cuando la puerta de casa se cierra quedáis los tres, los novatos y la pequeña E., que no tiene caprichos sino instinto. Y ella no quiere jorobarte, ni hacerse con el mando de la casa. Ella solo tiene necesidades físicas, tiene hambre, sueño, caca o desazón, y todas ellas se calman casi con lo mismo: brazos y teta a todas horas. Porque es un cachorro dependiente, inmaduro, a medio hacer. 

Así que no, el primer mes no va de educar, va de sobrevivir. De dormir los tres juntos una noche desesperada, o varias, de interminables horas en brazos e incluso de no cambiar el pañal a un bebé recién dormido.

Sobrevive. Mañana ya será momento de educar.

No lo digas en voz alta, pero la maternidad duele

No lo digas en voz alta, pero la maternidad duele

Nadie te cuenta oficialmente la verdad, es un tabú. Solo, si te atreves a expresar lo que sientes en voz alta aparecen las voces amigas que te reconocen que ellas también pasaron por lo mismo: la maternidad duele, y no solo físicamente.

Este es un post de ánimo para aquellas que no están disfrutando del postparto, para aquellas que se sienten culpables porque no consiguen sentir que la presencia de su bebé en este mundo lo compensa todo. Y no hablo solo de los posibles puntos, grietas en el pecho o noches sin dormir.

Este es un post para aquellas que sufren un miedo atroz a no saber cuidar a su bebé, para aquellas que desean que pase el tiempo rápido y su bebé parezca menos indefenso, para aquellas con problemas de lactancia que sufren y no consiguen resarcirse con el abrazo de su pequeño milagro. Para aquellas que sienten que lo están haciendo mal por no saber, por no intuir, o para aquellas que sienten que la maternidad no era lo esperado. Para aquellas que sienten alivio al dejar al cargo, momentáneamente, al padre o a los abuelos,  para aquellas que echan de menos una buena ducha y para aquellas que, a ratos y en secreto, lloran y se preguntan cómo no pudieron saber lo que se les venía encima.

No, no tenemos depresión post-parto y tampoco es una cuestión únicamente de baile de hormonas. Somos madres normales, madres trabajadoras que han pasado de 100 a 0 y de 0 a 100 en apenas unos días. 

Cuando el embarazo llegaba a término deseábamos aparcar nuestro trabajo para poder disfrutar de la preparación de la llegada de nuestro bebé. Y tras el parto y la vuelta a casa nos encontramos con que nuestro mundo, antes eufórico pero controlado, ahora es puro caos, a pesar de pasarnos las horas muertas haciendo lo mismo: pañal, teta, brazos.

No os sintáis mal, no estáis solas. Si preguntáis y rascáis en las madres de vuestro entorno, principalmente las que sean de la misma edad, descubriréis que todas han pasado por lo mismo pero nunca lo dijeron en voz alta. Que ninguna estaba preparada ni sabía lo que era ser mamá. Que todas se sintieron mal y lloraron mirando a su bebé, pensando cómo podía doler haber traído al mundo a alguien tan perfecto pero tan indefenso, tan dependiente. Que todas desearon salir corriendo en algún momento, o perdieron los nervios en muchos otros. Que a ratos nada compensa el temblor de piernas o el dolor de estómago al vernos superadas por una situación.

Queremos a nuestros bebés por encima de todo, pero la maternidad duele en todos los sentidos.

Es así, es hora de que se lo contemos a las que están a punto de ser madres o a las que lo acaban de ser, para que no se sientan solas ni sientan que son bichos raros por no sentirse extasiadas del cien por cien del tiempo.  

Y por fin llegaste al mundo, pequeña E.

Y por fin llegaste al mundo, pequeña E.

Tengo escrita la historia de tu llegada, para que no se me olvide nada. Y escribo estas palabras mientras te veo dormir, en un ratito de descanso regalado en este Agosto infernal de Madrid.

Si tengo que decir cómo han sido estos últimos doce días no encuentro una única palabra: amor, ternura, miedo como para salir corriendo, risas con tu padre y lágrimas a solas. Tu llegada al mundo no trajo un pan, pequeña E., trajo kilos de sentimientos.

Y es que ser mamá no es como lo pintan. Es mucho más fuerte, es una montaña rusa. El ascenso dura lo que dura el parto, un subidón de adrenalina, las ganas de que llegues. Y cuando te ponen en mis brazos comienza la caída, sabiendo que nunca volveré a ser la misma porque mi vida, ahora, depende de tu bienestar. El vagón está descarrilado, miro a tu padre confiando en que él, de algún modo, tenga algún anclaje para evitar mi caída libre. Me dicen que eres mía, tan pequeña, tan perfecta con esas pequeñas manos, con esos ojos enormes. ¿Cómo vas a ser mi niña, si en estos momentos siento que la niña soy yo? ¿Por qué no está mi madre en este paritorio para decirme cómo cogerte bien, cómo no hacerte daño?

De nuevo lágrimas a mis ojos, mientras te miro de reojo pues parece que quieres despertar.

Nunca, nunca podría haber imaginado cómo sería tu llegada, pequeña E. Es, sin duda, la experiencia más bestial a la que me he enfrentado nunca.

Eres, sin duda, pequeña E., mi todo, aunque decirlo en voz alta dé mucho miedo.